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Érase una vez una gentil princesita, que miraba desde su torre con anhelo. Era un día magnífico, el cielo azul y las abejas zumbaban
alegremente. En el lejano horizonte divisó un punto, y su corazón empezó a latir más fuerte. Quién podría ser? En medio del día
no esperaba visita alguna – pero la vida nos depara a veces sorpresas. Y así, en trote mesurado, se acercó un caballo.
El caballo y el caballero gozaban visiblemente de su entorno y se asombraron cuando percibieron la torre con la princesa.
»Buenos días agraciada y encantadora dama – usted hace mi día diáfano. Permítame que me presente – mi nombre es Thomas
Lommel, y estoy recorriendo el mundo«
»Ah, sí« dijo la dama algo desconcertada por las frases tan directas, »y - qué es lo que le motiva a viajar así?« »Es una larga
historia, pero que puedo resumir - se trata el olivo.«
»Oh, esto sí que es asombroso«, dijo la princesa, y se preguntó para sí, que qué era lo que le pasaba a este caballero. Ya estaba
a punto de retirarse, cuando el caballero le preguntó, si la princesa no quería hacerle un momento compañía. » Oh, no, no puedo
hacer ésto. Usted es un extraño – y - cómo puedo saber, si puedo confiar en usted?« »Una cuestión razonable« respondió el
caballero »y por completo comprensible. Puedo hacerle una pregunta?« »SÌ, con mucho gusto.« »Es usted feliz?« Madre mía,
qué pregunta es ésta?, pensó la princesa. Pero bueno, había permitido una pregunta. Así pues quiso contestarla sinceramente,
y dijo: »Bueno, no del todo.« »Oh«, dijo el caballero, »entonces esta es mi contestación al respecto: La felicidad precisa a veces
coraje«









